23 ene. 2010

cigarros

Un viejo disco reproduciendo música de fondo, demasiado baja, existiendo tan sólo para tajear al silencio y prescindir de la exigencia de hablar sobre cualquier banalidad cuando las ganas escasean. Las cajas de cigarrillos desparramadas sobre la mesa del living, y un cenicero repleto de colillas transfiguradas en el abismo que los aparta.



Los cigarros que se han consumido quisieran simbolizar lo que ha acaecido con gran parte de sus vidas, ellos lo ven y lo saben, pero cualquier persona ajena a la historia no sería capaz de comprender el significado de el humo que se inspira y el cigarrillo que lentamente, en cada inhalada, se extingue.

21 ene. 2010

En la vida cotidiana, la rutina nefasta, eres quien el mundo espera que seas. Eres todo lo que no quieres, pero que los demás pretenden de ti. Sólo cuando escribes, cuando tus dedos dibujan palabras realmente eres tú, o los varios personajes que te componen cuál un rompecabezas. Dejas en tus textos entrever tu esencia, tu verdadero ser. No el mejor, pero real.

La antítesis en dos realidades, paralelas y lejanas, separadas por un abismo que has combinado sin dificultades de saltar de uno a otro lado, pero aún así con la amenaza de poder caer en las profundidades y perderte en la obscuridad de la nada.

Sería mejor (y porque no más sencillo) ser una y la misma, pero la sencillez no es una de tus características en ningún ámbito. La ambivalencia ha tomado un gusto exquisito para tu paladar tan fino.

20 ene. 2010

Las palabras y el cigarro.




El alma que se consume aspirando la nicotina de uno de los cigarros de todo el día. 
Las palabras que estallan como disparos de una pistola con tiempo, sin ritmo, sin sonido. Palabras en mute que no quieren sonar pero que son leídas para ser comprendidas.
No se reproducen, se quedan ahí, donde siempre han estado, en la mente. En la única caja fuerte que es tan propia como tu ADN.
Las frases, las melodías que se forman en el pentagrama imaginario. El humo que se esfuma de los labios haciendo formas en el espacio. Círculos en la atmósfera, corazones en el aire y letras que se lleva el tiempo.
Los cigarros y las palabras dejan abierto el pasillo para la incoherencia, la puerta hacia la lógica y el castigo del delirio.
El cigarro te mata pero también te calma. Saca palabras que guardadas estaban, conclusiones existenciales. Extrae recuerdos de varias mentes y hace sentir las sensaciones más directas que nunca.

. Antonella Dawson.

14 ene. 2010

Un cigarrillo y un café al despertar. Las ansias de ser y no solo de estar. El sol que nace en  medio de la oscuridad.
sos vos.

9 ene. 2010

Todo toma su tiempo.



Y sí, solos los cigarros pueden apaciguar o ser una buena compañía en la angustia y el dolor.
Es todo un evento. Buscar el fuego que arderá y asi se podrá encender el contenido de un cigarrillo.
Todo toma su tiempo.
si no hay fuego no hay cigarros. Y es asi, como cuando si no hay dolor rebalsando en el corazón, tampoco hay lágrimas que corran por tu roostro sin emoción, sin destino ni limite donde acabar.
Todo toma su tiempo. Aliviarse. Sentirse un poco más liviana en cuanto a la presión interior. Mientras que cuando fumas y el humo recorré tu organismo produce un nivel parecido de relajación.
Al igual que con el alcohol o con una taza de café.
Todo toma su tiempo de preparación y luego viene disfrutar en evento en cuestión.
Si me haces llorar prepárame los cigarros, y algo líquido que me ayude a digeriri el dolor para asi yo ahogarme en mis adicciones, que son incondicionales, y tratar de vaciar un poquito aquel dolor imborrable de mi corazón.


Antonella Dawson.

7 ene. 2010

Un par de botas, mil charcos de agua grises, marrones, violetas. Paraguas multiplicándose por todos lados, y la lluvia cayendo, corriendo veloz verticalmente empapándote la cara, el pelo y los huesos.


El frio de la mañana tan temprana, olor a humedad y café. Vos caminando, buscándo sin saber qué. Pero algo, mas bien "eso". Miras, observas, desmenuzas cada detalle de aquel día, abstraes partes del todo, pequeños pedazos de sencillez. Y los recorres a fondo, convirtiéndolos en tuyos. Los ojos de aquella mujer, los dedos frios de un niño, el ladrido de un pequeño perro que te persigue mordiéndo tus talones. El sonido de las hojas al pisarlas, todo es tuyo, demasiado tuyo.



Tres, cuatro, cinco trozos de algo, un poco de esto y más de nada. Con la nariz congelada caminas por horas a donde tus piernas te guían. Tienes la costumbre de seguir caminos inciertos y terminar en los mismos lugares cuál si un iman te atrajera hacia ellos.


Y de repente te detienes en tu an dar pausado y te dispones a mirar desde un banco de aquella plaza que tantos recuerdos tuyos tiene guardados.
Observas, miras con tanto detenimiento el tiempo que nada avanza o lo hace extremadamente lento.