16 oct. 2010

Con la esperanza destrozada Lola se sienta en el sillón a mirar por la ventana, en tanto el humo consume su cigarrillo sin compasión como las tempestades destrozaron sus días. Escucha aquella voz en alguna parte de la habitación, la misma de siempre, que aparece cuando todos estan ausentes, y las agujas no dan vuelta al reloj.
- ¿que paso muñeca de porcelana? ¿por qué corren lágrimas como cascadas por tu cara?. No llores mas, por aquello que llamas soledad, ni por la angustia de fracasar. Nada vale si no te hace bien, tienes mucho que perder.


Lola mira hacia la nada y trata de captar las ultimas palabras. "Tienes mucho que perder" se repite una y otra vez atragantada, pero no se puede resistir bajo el éxtasis de los tranquilizantes que acaba de consumir. La lluvia corre, deslizando sus gotas en el vidrio de la ventana que sus ojos atraviesan, y tras varios minutos de pensamientos incensatos, se queda dormida al calor de la luz de una lámpara. Lola tiene las mejillas rosadas producto de las lágrimas que se siguen vertiendo, ahora hasta llora en sueños.

12 oct. 2010

El fuego de nuestro corazón abatido sin razón.



Pareciera que al marcharse de una ciudad se va algo más con uno, y a veces, por más que intentes que nada se quede siempre se te olvida algo.


La madrugada parecía no irse jamás. La noche pasó sin previo aviso de la mano precaria del tiempo. Hacía frío, más de lo reglamentado. La brisa de la madrugada recorría mi cuello, ya casi podía sentir su esqueleto en la ciudad fantasma, el pueblo no muy grande con mirada en lo alto.
El agua estaba agonizada en mis ojos. Ya nada salía ni entraba.
La vista se mantenía borrosa. Habían pasado horas y todavía podía sentir el agua correr y los párpados hinchados del atardecer. 
Me saludaste de una manera extraña. El escalofrío me invadía hasta el alma. Y te saludé.
Ya la relación no era como antes, eso hasta se podía notar entre tecleos y los segundos que sonaban más fuerte que nunca en el reloj.
Hola – me dijiste con una expresión distante -.
Me habías hablado, eso ya era suficiente para calmar un poco a mi orgulloso corazón. Fue solo una señal, esa pequeña señal que hacia el aire menos espeso.
Te respondí tal cual, preguntando algo más; y la conversación empezaba a fluir, forzada pero ya podía emanar de algún lugar. Las respuestas salían casi atragantadas, con ganas de soltar mucho más.
Los dedos parecían atrofiados, no solo de frío sino también de abatimiento. Las ganas de escribir se escabullían por el enter, mientras los pensamientos y las ganas iban hasta el fin del mundo.
Las preguntas casi eran forzadas, sin sentido. No marcaban en la realidad del pensamiento, no germinaban del sentimiento.
El corazón ya pausado en la madrugada del ayer, alcoholizado de baraterías de calle, no exigía nada, era un ente proveniente de una galaxia distinta, con trizas y parches sueltos, ensangrentado y herido. La ropa estaba sucia, mojada, empañada en lágrimas y el corazón en la mano.
Nada podía mejorar, los pasos daban marcha atrás y los ojos no querían más.
Las calles estaban en una continua lucha, las personas corrían, algunos buscaban guarida, enajenados, ajenos luchando por ser vencedores, y otros con ganas de destruir, de publicar el descontento y quemar todo. Ocurría de todo, hasta se podía destruir el mundo y nada nos podía importar, nada, mientras los dos, distanciados de toda maldad, de ganas de luchar; casi sin ganas de correr, de arrancar de ese dolor, del fuego de nuestro corazón; mirábamos inseguros, marchitos y vacíos en un llanto transparente con flechazo certero en cada latir.
Las miradas perdidas y las manos solitarias buscaban a la otra sin encontrarla, sin resultado alguno. El orgullo era casi imperceptible, y el amor se había quedado entre vidrios destruidos de las calles ya contaminadas.
La madrugada pasaba, el cansancio se hacía notar y la efecto no podía cambiar.  Las consecuencias estaban marcadas. No había solución. Dolía saberte lejos, amargo y distante. Aún duele, y sin embargo no hay remedio que pueda curar la herida, esta vez no. Y pensar tomó vuelo a otra ciudad, tomándome un té y engañando al café.


4 oct. 2010

Salio a la negrura de la noche, bajo la leve llovizna que cubria la la calle. Respiró profundo el aire colmado de nostalgias y revalsó de alegría momentánea. Era una felicidad efímera, pero la calle, en esa hora, en ese preciso momento, el aire viciado de gente le llenaron el corazón y su mente, su cuerpo y su alma tuvieron un suspiro.
Bailaba en una danza de deseos, caminaba en punta de pies, giraba a una velocidad desorbitante, todo aquello mientras sólo caminaba por la calle con la mirada penetrante, observando como los coches pasaban, los enamorados se tomaban de la mano y unos pocos adolescentes reían a carcajadas en la plaza.
Quiso volver al pasado, a los momentos despreocupados donde vivía como ellos, tras no encontrarlos recordó que jamás habia vivido así, había tenido pocos amigos y jamás se había despegado de aquel mundo irreal, inacabado e incierto que habitaba en su mente y la llevaba entre las nubes en cualquier momento, cuando no poseía ganas de estar en el lugar donde se encontraba tan sólo viajaba por galaxias lejanas.
Siguió caminando mientras su cara se mojaba, por su cuerpo corrían ríos de lluvia de colores. Olía a tierra mojada y a pesar de estar sola se sentía tan feliz, alegre por ser diferente. Sólo ella hoy podía apreciar la belleza de ser única, pero sabía muy bien que un día mientras se perdía en el bullicio de la ciudad alguien la vería y ella tambíen y en un cruce de ojos comprenderían que eran iguales siendo cada cuál a su modo

3 oct. 2010

Bad night.

Me duele el saberte lejos, el perder tu aroma en el aire, sangrar hasta que ya no duela más - cosa que todavía no puedo conseguir -. Me duele que te duela tanto o más que a mi.
El silencio es el acompañante más incómodo, vagabundo de todas las calles, mendigo que no pide caridad. Y la soledad va de mano con el desamor.
Los tres vecinos de la misma cuadra, aspirantes del mismo aire y fieles compañeros desinteresados que abrigan y desabrigan al corazón.
Tengo el llanto atorado, a punto de ser expulsado. El nudo en la garganta permanente, que parecen espinas que clavan más de la cuenta y penetran al corazón.
No sabe a primavera, no siento las estaciones.
Los ojos inyectados en sangre anunciaban mal mañana, con pilares de silencio majestuosos, mientras los pétalos estaban en el suelo, marchitos, pisoteados, enormemente menor al dolor de las palabras.
La retina ya no quería saber nada, el tímpano estaba cansado de escuchar lo mismo.

El adiós sin despedida caló con fuerza.