3 mar. 2011

Se había vuelto adicta a las pequeñas ceremonias que llevaba día a día a cabo. A esos rituales que sólo para ella eran mágicos. Una liturgia que la anonadaba cada vez aunque fuera siempre igual.
Era cuando la rutina la absorbía cuando se sentía muerta. Quizás lo estuviera. Entre las corridas y las cosas que debía, no encontraba el aire necesario para respirar, ni el tiempo de detenerse a mirar. Se sintió un tanto hipócrita de culpar a la rutina, los deberes y la ciudad de no ser capaz de detenerse un momento y volver a la realidad. Esa noche se prometió que jamás se vendaría los ojos aunque la monotonía la absorbiera. Debía estar despierta, siempre despierta y quizás también un tanto atenta, si no quería pasar por al lado de lo más importante de su vida, y no reconocerlo.
Siempre la encontraba en el espejo, tan altiva y arrogante, Mirando, mirándome con esos ojos llenos de rabia, de frustraciones, de desesperanza. Pero que más, si eras mi propio reflejo, para encontrarme debía mirarte. No es que quisiera, pero lo debía.