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15 sept 2010

Viaje mental con pasaje a París.

Tengo el extraño pensamiento de creer que no hay lluvia mejor situada que en París. 
El sonido perdido en las esquinas de las calles sin fin, las gotas vertidas en el suelo gris, los pasos rápidos de los que no disfrutan una buena empapada de la más pura felicidad de la naturaleza que llora de risa. 
El transparente jamás color que pinta las caras de sonrisas siguiendo el swing de la danza de la lluvia. 
Los paraguas abundan en la ciudad. Se pueden ver del tamaño de hormigas desde un rascacielos que con solo mirar te mojas de felicidad. Son hormigas que van germinando, parecen de color y van caminando, sin sentido ni rumbo definido. 
Son unos mutantes más de esa ciudad.

Lo sé, a pesar de que nunca he pisado el suelo de París, ni Francia, ni ningún lugar fuera de este país.

3 sept 2010

puede ser...

Pueden pasar muchos años. Pueden pasar muchas personas. Pueden pasar muchas brisas de aquellas que siempre terminan por llevarse las cenizas. Pueden pasar muchas sonrisas duales, lagrimas inefables y sin embargo los seres no mutarán.
Pueden enfriarse mil cafés, o los lugares del ayer, pueden quebrarse cientos y cientos de tazas de café pero siempre me quedará igual, aunque puede mejorar. 
Puede fallarnos una cuchara, puede faltarnos un plato, puede errar el encendedor pero no nos puede fallar, faltar ni jamás errar el cigarro y el café; y si puede llover pues mejor aún.
Puede haber chocolate, y pueden haber corazones que laten y laten pero no dejaré de llorar.
Puedo escribir un mal texto. Podemos abrazar lo prohibido. Podemos superar los momentos pero jamás podremos quemar los recuerdos. 

30 jul 2010

Antes mi ánimo se permutaba como el clima, el dominante del frío, del calor, de la tempestad, de los chubascos y de los días nublados. Mucho pero mucho antes sonreía mucho, me abrazaba a la locura de todos los días y siempre, cuando llegaba la calma, me aferraba a los recuerdos de ese día. Todos los días eran así. Felices, completos, plenos. No habían tristezas y si habían eran de poco durar.
Después. De día todo era claro, tenía matices de todos los colores, habían destellos de luz y a veces no eran más que un tapiz que cubría lo gris. De noche, bien de noche cuando el sueño ya no llegaba tornándose a madrugada los pensamientos volvían, la mente no paraba de pensar, de inventar, de frasear momentos. No paraba de proyectar palabras, fotos, vídeos mentales. No paraba de planificar momentos, de prepararlos con pinzas, de ajustar siluetas y de exponer sonrisas. Luego, cuando las horas pasaban y el sueño ni ganas tenía de aparecer venían las lágrimas, los lamentos, las esperanzas de ayer derrotadas en el altar de las desgracias, el frío, el calor, la pequeñeces de las grandiosidades jamás disfrutadas, el remordimiento, la desolación inexistente pero tan táctil, y la soledad, el maldito sabor amargo y que no necesitaba cucharadas de azúcar de la soledad. La conquista más agria, y a la vez dulce. El abrazo más confortable que daba la soledad. Todo, la noche era la puerta de ingreso a todo, todo estaba en el mismo silencio. Para todo había cavidad, hasta lo impensado estaba ahí, amenazando con destrozar aún más.
Posteriormente todo se borró. 
Estaba sentaba frente a una taza de café, fumándome el segundo cigarro de la cajetilla de diez. Era el cigarro más barato que encontré, dentro de los que me podían gustar, no había crédito para más. 
La taza ya iba en la mitad, y el cigarro ya casi quemaba el labio inferior. La casa no estaba sola, sin embargo yo sentía el vacío en ella. 
Y sí, se siente lo que es. Y es que hace tiempo ya no es lo mismo. Los que habitan ahí, incluyéndome, han cambiado. No son seres felices, algunos desdichados, otros ya cansados, otros con aires de suicidio, otros con depresiones eternas jamás tratadas y otros ahogándose en la edad, mientras el vino se añeja cada vez más.

(...) y la historia siempre queda en continuará.