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22 sept 2011

Lo único que tengo.


Hojas escritas y manchadas en el límite de la mañana, sufriendo la depresión de las palabras sin color, donde ahora quedó una mancha oscura, tenue y algo aterradora. Pero las letras no se han ido, desgraciadamente tal vez.
Mis ojos localizando los hallazgos de los garabatos insensatos de una lógica perdida, con palabras cualquiera, repetitivas, llenas de todo lo que no dejan de hacerlas inconclusas.
Los incendios mentales sucediendo, quemando los bosques creados a partir de la base de letras inesperadas, de una ilusión desganada y el miedo. Donde aún sigue extraviada la cordura de los parámetros de un hoyo negro, ciego de la realidad, que se encarga de sustraer información y léxico.
Ya no consigo retener las palabras. Y de tanto pensar en el guión de lo que sucederá, al final termino por transformar todo suceso en un realismo pronosticado por un mal congénito, quizás.
A pesar de que siento que puedo perder todo y quedarme con nada, creo que nunca nadie me podrá quitar lo único propio y mío que tengo hasta ahora, escribir. Aunque solo sean garabatos innecesarios que esconde entre espacios un poco de sentido.

13 sept 2011

Cómoda inconformista.



No me acostumbro a este fragmento que ahora soy de lo que antes fui.
No me consuela el pensamiento conformista de que a su debido tiempo todo volverá a ser como antes.
No reconcilio el pasar de los días con el tiempo tendido, esperando a que las cosas sucedan más rápido, mientras que en mi desgano y razonamiento me cuestiono todo de brazos cruzados, simulando hacer algo para el que ha llegado tarde.
A veces de verdad todo parece un pronóstico mal creado, un error de la naturaleza que marcha y me marchita en mi realidad, envenenando los pasos, adormeciéndome las piernas y palpitándome el corazón, como tal taquicardia terminal que quisiera darle un final absurdo a todo delirio embriagado con circunstancias de la realidad y un toque de pánico infernal.

26 ago 2011


Sonidos que reviven un pasado ahora tan lejano e inexacto. Un pasado que quedó escondido en cajas, entre libros colmados de polvo y recuerdos olvidados; pero que indudablemente sigue allí, como una astilla clavada en lo profundo de la piel. Canciones que se desvanecen entre cigarrillos, que se consumen a la par de escritos sin sentido.
Entre medio de tazas de café repletas de nostalgia, rememoro el infierno mientras se suceden miles de recuerdos que llevo clavados en las entrañas y muchas noches no me dejan respirar.  Hoy, nuestro pasado nos condena, nos lleva a vivir muertos en vida, en una constante e interminable agonía de existir.
Y vuelvo a ese momento en que todo comenzó para intentar comprender cómo me dejé llevar por vos, pero es imposible encontrar la razón entre tanto ruido, entre nuestros gritos  que intentaban en vano ahuyentar los demonios que se escurrían en medio del amor. Hoy ya no puedes decirme quien ser ni que hacer, y en cierto punto me alivia que ya no seas capaz de decidir mi destino por mí. Pero olvidé como elegir mi propia vida, la costumbre de que me hagas y deshagas a tu manera me lo impide aún hoy.
Un alivio sin precedentes me ha invadido desde que me decidí a hacer  a un lado tu voz. Tu presencia ya no es hoy tan fuerte como solía serla, pero sigue oculta en las sombras, esperando alguna debilidad para tomarme de nuevo con las defensas bajas. No puedo darme el lujo de permitirte entrar en mí una vez más. Esta vez me matarías, no soy tan fuerte como quisiera.
Algunas cosas nunca deben ser permitidas. Y que vuelvas a tomar mi vida bajo tus manos es una de ellas.

11 ago 2009


historias que nacen de madrugada, delirios del desvelo. Oscuridad. Dos, tres, cuatro cigarrillos que se consumen en el tiempo. Tazas de café desparramadas sobre la mesa, la repisa y el suelo. Fantasmas merodeando suicidados, convertidos en palabras que no van a ningún lado. Un cúmulo de recuerdos envueltos en papeles desechados, aniquilados en el miedo.
Lluvia, afuera la lluvia. Se cuela por la ventana, la huelo, la siento, me penetra en los huesos, y revivo mientras el cielo se aclara, debe ser ya de madrugada. Pero aquí no pasa el tiempo, al menos no cuando escribo. No preguntemos por qué, ni como, sería ilógico por lo inexplicable del caso. Pero algo es cierto, cuando caliento el café del día anterior, agarro un papel y un lápiz y prendo un cigarrillo en el que con cada pitada consumo un poco de vida, el tiempo no existe. Muere, porque lo quiero muerto.
Importa la habitación, el café, el cigarrillo y las palabras que se dibujan solas para terminar coronando la decoración del piso abarrotado de hojas ya desechadas, con palabras que por haber sido plasmadas jamás podrán ser olvidadas.


Los mejores escritos nacen de los delirios de madrugadas