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30 jul 2010

Antes mi ánimo se permutaba como el clima, el dominante del frío, del calor, de la tempestad, de los chubascos y de los días nublados. Mucho pero mucho antes sonreía mucho, me abrazaba a la locura de todos los días y siempre, cuando llegaba la calma, me aferraba a los recuerdos de ese día. Todos los días eran así. Felices, completos, plenos. No habían tristezas y si habían eran de poco durar.
Después. De día todo era claro, tenía matices de todos los colores, habían destellos de luz y a veces no eran más que un tapiz que cubría lo gris. De noche, bien de noche cuando el sueño ya no llegaba tornándose a madrugada los pensamientos volvían, la mente no paraba de pensar, de inventar, de frasear momentos. No paraba de proyectar palabras, fotos, vídeos mentales. No paraba de planificar momentos, de prepararlos con pinzas, de ajustar siluetas y de exponer sonrisas. Luego, cuando las horas pasaban y el sueño ni ganas tenía de aparecer venían las lágrimas, los lamentos, las esperanzas de ayer derrotadas en el altar de las desgracias, el frío, el calor, la pequeñeces de las grandiosidades jamás disfrutadas, el remordimiento, la desolación inexistente pero tan táctil, y la soledad, el maldito sabor amargo y que no necesitaba cucharadas de azúcar de la soledad. La conquista más agria, y a la vez dulce. El abrazo más confortable que daba la soledad. Todo, la noche era la puerta de ingreso a todo, todo estaba en el mismo silencio. Para todo había cavidad, hasta lo impensado estaba ahí, amenazando con destrozar aún más.
Posteriormente todo se borró. 
Estaba sentaba frente a una taza de café, fumándome el segundo cigarro de la cajetilla de diez. Era el cigarro más barato que encontré, dentro de los que me podían gustar, no había crédito para más. 
La taza ya iba en la mitad, y el cigarro ya casi quemaba el labio inferior. La casa no estaba sola, sin embargo yo sentía el vacío en ella. 
Y sí, se siente lo que es. Y es que hace tiempo ya no es lo mismo. Los que habitan ahí, incluyéndome, han cambiado. No son seres felices, algunos desdichados, otros ya cansados, otros con aires de suicidio, otros con depresiones eternas jamás tratadas y otros ahogándose en la edad, mientras el vino se añeja cada vez más.

(...) y la historia siempre queda en continuará.
cuánta realidad hay en una vida subjetiva con capítulo en pausa.
cuánta certeza hay en la incertidumbre de una mente que sufre de contradicciones periódicas.
cuánto de cierto hay entre tanta demencia.
cuán despierta está una cabeza que pasa durmiendo.

24 jun 2010

Ves como se enfría?

A veces puede parecer que ella no vuelve. Puede pasar mucho tiempo, mucho frío; se pueden ver muchas gotas caer de la lluvia torrencial y ella no vuelve.
Parece que no hay verdad, no hay mentira, no hay nada. No vuelve porque no sabe dar el paso, ese primer pie para dar el paso y seguir ese andar.
Ella no vuelve, y la marcha del tiempo avanza sin parar.
La gente camina y ella sigue atrás, detenida en esa noche gris, donde lo que único que ilumina es la luz de los faroles y de los postes de la ciudad.
El café está frío, el cigarro ya bastante consumido y ella sigue ahí, intacta, helada, dejando pasar el tiempo sin reaccionar.
Caminante sin destino, frío invierno del delirio, al borde de la locura de un manicómio.
Cotidiana, fría, cálida, impulsiva, extraña. Eso es ella y la misma contradicción de siempre. La rabia, el odio, la pena y el táctil dolor.
Ella es una pensante sin descanso, un fracaso sin pausa, una sonrisa feliz agrietada, y el ángel de cara cortada.
Ella se acrecienta, pierde el equilibrio mental, espacial y de todo, se derrumba mientras a su paso los fuegos artificiales no parecen importar. Está bajo esos explosivos, se quema y no le duele. Pero sabe perfectamente que la herida que lleva dentro no se cierra con nada.

Siempre ya es nunca y nunca para ella ya pasó.

9 may 2010

La madrugada de ayer.

No había nada por hacer, ya no había más nada. El tiempo estaba perdido, el cronómetro empezó antes de lo previsto y claro, ella estaba ahí sin darse cuenta. Enfiestándose la vida, gastando el alcohol a donde fuera a parar, gastando el andar, gastando las zapatillas de siempre que poco a poco tocaban el piso ya. Gastando lo poco que había en ella y sin embargo no sentía nada. No concebía del desprendimiento de su alma.
En la reconciliación con su dolor solo logró ahondar más en el desconsuelo que sin razón tocaba el timbre de la estructura arquitectónica más utópica posible.
Las flores estaban secas en aquel jardín por el cuidado especial que ella les daba. Las rosas ya no contenían pétalo alguno, y sin embargo las espinas estaban más perpetuas que nunca. Cada día ella se asomaba por la ventana a ver si más de alguna crecía, pero no. Luego entendió que si les decía algo lindo para sus oídos invisibles quizás podían dar un poco de luz a su vida y así dar paso a su crecimiento despampanante. Pero claro, las flores son tontas y sí logran sentir incluso inevitablemente más que ella.
Ya no puedes regar las semillas con tus lágrimas – dijo el cielo gris que empezaba a mezclarse todavía más con el negro-. No pueden hacer oídos sordos. No quieren escuchar tus vocablos deficientes de amor, no quieren verte más con los párpados hinchados de tanto dejar correr la llave de tus ojos tan reconocibles, ni aunque el agua se corte dejarán de sentir lo que dentro de ti ocurre.
Sabes? Ellas tienen la respuesta pero están tan marchitas, tan tristes como tú que no te pueden dar nada más que sus espinas. Sí, justamente esas que al llover dejan colgando una gota que suena al caer en la poza que han ido dejando ser - decía el cielo tornando a crear una tormenta.
El cielo conocía perfectamente cada movimiento, cada gusto, cada lamento de ella. Sabía perfectamente que las tormentas tanto como ayudarla a levantarse también terminan por animar su arruinar, pero esa era su última arma a utilizar.
Caían las primeras gotas heladas que se dieron paso a situarse en su rostro, y ella solo atinó a estirarse en el pasto seco que clavaba como cuchillas en la espalda. Ya que su interior estaba sangrando no se percató que su cuerpo perdía la sangre que no alcanzó a salir en aquellos tiempos de automutilación.
Pasaba el tiempo y la lluvia se hizo presente. Se recalcó aún más al haber truenos inmensamente holgazanes que no electrocutaban ninguna parte.

Quiero esconderme – dijo ella – (…), estar bajo la tierra infértil de los cementerios más decadentes del mundo, estar y sin embargo no estar en las cenizas que el viento sopla sin ímpetu, perderme entre la brisa del frío más helado, no llegar a ninguna parte ni aunque llegue al lugar que siempre me abrazaba únicamente al traspasar las rejas que separaban el paraíso del infierno. Simplemente me he equivocado al nacer, no es fácil de entender, nadie lo quiere comprender y es por eso que ahora mis huesos y mi carne están postrados en este suelo donde las hormigas terminan por devorar lo poco que queda de mi como ser- dijo ella al dar el último suspiro de cansancio en la nada; al abrir ojos y simplemente notar que estaba en el lugar de donde nunca ha podido zafarse. Y por desgracia el llanto se fue de la mano con la melodía que siempre toca un milímetro de algo que queda ahí.
Pero parece que amo.