22 ago. 2009


Aquel cigarro de la mañana ya no se consumía con mi angustia, se consumia porque sí, porque aspiraba su nicotina, porque lo gastaba en un vacío sin limites ni razón de ser.
Recordé a la que me ayuda a remar cuando ya no puedo más pero nunca la tengo cerca cuando la necesito. El remo se soltó de las manos y no lo quise ni alcanzar. No existió reacción ni tampoco la lentitud cuando se nota tarde que algo ya no está donde debería. Simplemente lo dejé ir y me dejé llevar por la corriente. Me sumí a la nada, y no luché contra la angustia que se hacia constante, como siempre. La corriente no me llevaba a ningún lado, sólo percibía la nada, la neblina tapaba todo a mi alrededor, si es que existía algo más a mi alrededor que el agua infinita. Se avecinaba el momento de la última aspiración. Acerqué mi boca hacia el filtro y aspiré deseando que apareciera una sensación distinta, algo más acogedor, el abrazo del frío en esa mañana tan inefable de mi día. La expulsión se me hizo eterna, botaba y botaba el humo pero no botaba nada más. El cigarro ya se había consumido pero mi dolor permanecia latente y aun así lo podía sentir. La angustia oprimía mi pecho y mi corazón latia en el pasado pesado, en el peso que cargo en mis hombros y en el paso que no se da para avanzar sino por una inercia más.

-Antonella Dawson. (Pensamiento perpetuo).

No hay comentarios:

Publicar un comentario