11 ago. 2009


Lola, te miro y tus ojos me provocan tristeza. ¿Sera porque la reflejan?. Quisiera que mis palabras no entraran por uno de tus oidos y salieran por el otro, pero creo que ya es inevitable. Se hizo una costumbre tuya muy arraigada creer lo que quieres creer y no interiorizar las opiniones de los demás. Igualmente, poco importa, sabés que seguiré acá, aunque el alma se me destroce con tus suspiros y esos ojos llenos de anhelos incumplidos.


Miras cada diez segundos exactos tu celular, cuál si tuvieras un cronómetro incorporado, esperando ... siempre esperando aunque sabes que cuando suene no va a ser él quien va a llamar. Estas tan llena de esperanzas que aún con aquella certeza vos esperas. ¡Ay Lola!, ¿cómo hacerte entender, que te aferras a una historia que ya fue?.


Vamos a caminar - me decis, sin preguntarme, ordenándome, y claro, yo te sigo, aunque sean las dos de la madrugada y el frío afuera penetre en los huesos y los taladre. Caminamos en silencio, un cigarrillo tras otro, y el tiempo vuela hasta consumirse. Ahora perdiste el reloj interior y el sentido del tiempo. ¿Cómo sos tan cambiante?. No, vos tampoco sabes como sos, y ni siquiera comprendés que SOS, pero seguis avanzando.


Lola, yo te quiero, pero a veces, a veces te detesto con toda mi alma. No tengo alternativas, te amo porque sos mía. Te amo porque es asi la vida en definitiva. Ni vos ni yo necesitamos explicaciones, somos una misma persona y por eso no podría faltarnos ninguna de las dos partes.


Volvamos, quiero dormir. Son tus últimas palabras y no hablas más hasta la otra mañana, aunque tampoco duermas.


- A

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