9 may. 2010

La madrugada de ayer.

No había nada por hacer, ya no había más nada. El tiempo estaba perdido, el cronómetro empezó antes de lo previsto y claro, ella estaba ahí sin darse cuenta. Enfiestándose la vida, gastando el alcohol a donde fuera a parar, gastando el andar, gastando las zapatillas de siempre que poco a poco tocaban el piso ya. Gastando lo poco que había en ella y sin embargo no sentía nada. No concebía del desprendimiento de su alma.
En la reconciliación con su dolor solo logró ahondar más en el desconsuelo que sin razón tocaba el timbre de la estructura arquitectónica más utópica posible.
Las flores estaban secas en aquel jardín por el cuidado especial que ella les daba. Las rosas ya no contenían pétalo alguno, y sin embargo las espinas estaban más perpetuas que nunca. Cada día ella se asomaba por la ventana a ver si más de alguna crecía, pero no. Luego entendió que si les decía algo lindo para sus oídos invisibles quizás podían dar un poco de luz a su vida y así dar paso a su crecimiento despampanante. Pero claro, las flores son tontas y sí logran sentir incluso inevitablemente más que ella.
Ya no puedes regar las semillas con tus lágrimas – dijo el cielo gris que empezaba a mezclarse todavía más con el negro-. No pueden hacer oídos sordos. No quieren escuchar tus vocablos deficientes de amor, no quieren verte más con los párpados hinchados de tanto dejar correr la llave de tus ojos tan reconocibles, ni aunque el agua se corte dejarán de sentir lo que dentro de ti ocurre.
Sabes? Ellas tienen la respuesta pero están tan marchitas, tan tristes como tú que no te pueden dar nada más que sus espinas. Sí, justamente esas que al llover dejan colgando una gota que suena al caer en la poza que han ido dejando ser - decía el cielo tornando a crear una tormenta.
El cielo conocía perfectamente cada movimiento, cada gusto, cada lamento de ella. Sabía perfectamente que las tormentas tanto como ayudarla a levantarse también terminan por animar su arruinar, pero esa era su última arma a utilizar.
Caían las primeras gotas heladas que se dieron paso a situarse en su rostro, y ella solo atinó a estirarse en el pasto seco que clavaba como cuchillas en la espalda. Ya que su interior estaba sangrando no se percató que su cuerpo perdía la sangre que no alcanzó a salir en aquellos tiempos de automutilación.
Pasaba el tiempo y la lluvia se hizo presente. Se recalcó aún más al haber truenos inmensamente holgazanes que no electrocutaban ninguna parte.

Quiero esconderme – dijo ella – (…), estar bajo la tierra infértil de los cementerios más decadentes del mundo, estar y sin embargo no estar en las cenizas que el viento sopla sin ímpetu, perderme entre la brisa del frío más helado, no llegar a ninguna parte ni aunque llegue al lugar que siempre me abrazaba únicamente al traspasar las rejas que separaban el paraíso del infierno. Simplemente me he equivocado al nacer, no es fácil de entender, nadie lo quiere comprender y es por eso que ahora mis huesos y mi carne están postrados en este suelo donde las hormigas terminan por devorar lo poco que queda de mi como ser- dijo ella al dar el último suspiro de cansancio en la nada; al abrir ojos y simplemente notar que estaba en el lugar de donde nunca ha podido zafarse. Y por desgracia el llanto se fue de la mano con la melodía que siempre toca un milímetro de algo que queda ahí.
Pero parece que amo.

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