8 may. 2010

no hace falta presionar atrás.


De las botellas de mi bar favorito germinan palabras del pasado que se suponía pisado.
Y sí, lo pise, pasé por encima, o al menos eso creí.
Repaso y recuerdo haber puesto mi pie sobre él, sobre aquella huella más ensangrentada que nunca, una de las tantas razones de mi autodestrucción, de mi apetito de desaparecer, de mi caída que sigue la persecusión de siempre detrás de mi sombra.
Pero, como siempre, toda la suciedad que es pisada acaba siendo vencida pero también deja un poco de ella, un rastro en el zapato.
Pues sí, parece que es imborrable. 
Se reproduce a través de la soledad, melancolía, de la oscuridad y, por supuesto, en todo desamparo, y en los desechos triviales de ellos, como una noche de borrachera con el vino más próximo, sin importar calidad, solo importa dejar de ser... olvidarse de perdurar.
Y a la mañana posterior todo vuelve pero con un olvido permanente de la noche anterior.

Siempre es así, la misma historia de siempre.

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