12 feb. 2010

NO eres el AGENTE de su DOLOR.

(...) - Lo siento - dijo como si el problema fuera producido por él, como si aquel ser de tan puro de corazón fuera el agente de producir un dolor tan interno en el corazón de ella -
Un silencio atravesaba aquella conexión que poco a poco se partía. El doloroso silencio del amor que producía una herida más en algún lugar. En el lugar más recóndito y utilizado por él.
- No me digas eso, que duele más - dijo ella con mil sensaciones dolorosas, con un frío ajeno al que ella comúnmente sentía. Con un latir lánguido y taciturno.
Sus ojos no querían seguir leyendo. Pedían estar cerrados y que ojalá todo fuera un mal sueño, o una broma más de las suyas. De hecho, le suplicó que no fuera una broma de aquellas. A lo que él respondió con un muy sincero " no", con aquellas palabras que afirmaban esa decisión que no tomó.
Él no podía ir a verla. Una vez más las circunstancias y el capital se interponían en su relación.
Las distancias nunca lograron ser amigas del amor. Los kilómetros entre él y ella sólo daban paso a mortificar el corazón, a trizarlo un poquito y hacer de la nostalgia el sentimiento más tormentoso y perdurable de todos los tiempos.
Sentía que se perdía, que su espacio desaparecía. Solo estaba él, sus palabras en aquella pantalla, y el dolor de su corazón. Su aire estaba sediento, suplicaba en voz baja un poco de brisa helada, de aquel viento de una noche poco estrellada, con un leve ruido a ciudad y ese olor a tempestad.
Encendió un cigarrillo y cerró los ojos, tratando de sentir, tratando de identificar esa sensación tan particular que la asfixiaba.
No podía. Aspiraba el humo a través de ese filtro, rogando que la vida también tuviera uno para que al inspirar un poco de ella su corazón no pasara por turbulencias ni enfermedades posteriores.
Abrió los ojos y no podía comprender ese dolor que se prolongaba con el tiempo, que era medido solo con la cantidad de tabaco que contenía aquella forma cilíndrica que aliviaba el rincón mutilado.
La forma cilíndrica y larga de aquel cigarro se perdía. El frío se volvía una buena compañía. El filtro se calentaba y tabaco ya casi no quedaba.
Ella aspiro como si supiera que esa sería la última de otro cigarro consumido a la lista. Expulsó el humo de su boca y con el algo también salió. De repente algo se cayó, el filtro quedó solo y el tabaco botado en el suelo, separado totalmente del sosiego, de aquel invento que disminuye el dolor.
Miró el cielo por última vez y entra a su cuarto a reproducir lo que acaba de vivir. Lo que todavía no comprende. Lo que yo no puedo comprender.



Antonella Dawson.

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