17 abr. 2010

Como el pensamiento, es lo completamente real.

Caminaba sola por los pasadizos de aquella morada que territorialmente estaba ahí pero ella no estaba en ninguna parte. Pisaba un suelo fijo, firme, pero sin embargo ella no estaba ahí, su sentido viajaba varios kilómetros de ahí.
No sabía bien a donde llegaría a parar su mente, solo imaginaba. Divagaba entre ciudades inventadas casi como tal barco que al vislumbrar un poco de tierra firme entre tanto mar empieza a crear el mundo a alcanzar, a conquistar. Pero ella no era así, no pensaba conquistar nada, no quería que más gente la quiera. Y tampoco es que sea una persona fácil de amar, una profesional del amor.
Hoy estuvo a punto de morir, por poco más y muere atropellada. Una muerte denigrante, sin sentido de ser, sin una pisca de pausa, sin nada, sin dar paso para pensar, para entender, para olvidar y perdonar al corazón. Claro que no vio su vida pasar en un minuto, eso está sabido; sólo sintió un leve cosquilleo en la boca del estómago. Una puntada en la pierna, después del pequeño golpe y nada más.
Pensar que en ese momento, en ese mínimo instante deseó no morir. Pensar que en una tarde de cielo gris, de frío, de las olas chocando entre rocas, y de otras que provocan el vaivén de las embarcaciones que son lucidas como joyas de la humanidad; no pasó velozmente la idea de cerrar los ojos por siempre.
Ella venía mal hace días. Con las lágrimas aguantadas en los ojos, con el dolor punzando el corazón, con el amor guardado en una cajita para que no se mezcle con maldad; con el pasado recorriendo los laberintos que creó para que le cueste llegar hacia su esencia mortal, pero con una que otra escalera a ver si logra llegar un poquito antes de lo inconscientemente esperado. Contradictorio diría yo, pero es ella. Ella es la contradicción de lo más probable, de lo más incierto y de lo que ya sabemos. Ella es un paraíso contaminado de basuras, de desechos que la gente ha destrozado y donado por compasión al verla tan vulnerable y casi mendigando por un poco de amor, de nostalgia y melancolías hacia su persona.
Los sinvergüenzas han abusado de ella, de su cercanía con la frase “buena voluntad”, han abusado de su amistad, de su amor y de sus vicios sin perdón.
Ella creé muchas cosas y nada es cierto. Escucha la distorsión en cada palabra.
Ella cree que las cenizas de algún día volverán a darle la forma a ese cigarro consumido aquel día de otoño perdido entre hojas, entre el viento invernal, y las gotitas que tocaban ligeramente el rostro que pocos se atreven a acariciar y que no cualquiera puede lograr.
Ella ya no es la que yo conocí, no es la locura adolescente ni la risueña jovencita. No forma parte del presente porque todavía vive con un pie en la espera del pasado. Ni forma parte del descontrol juvenil.
Parece que ella cada vez se parece más a mí. Pero más, aún más parece que ella ya soy yo.

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