12 oct. 2010

El fuego de nuestro corazón abatido sin razón.



Pareciera que al marcharse de una ciudad se va algo más con uno, y a veces, por más que intentes que nada se quede siempre se te olvida algo.


La madrugada parecía no irse jamás. La noche pasó sin previo aviso de la mano precaria del tiempo. Hacía frío, más de lo reglamentado. La brisa de la madrugada recorría mi cuello, ya casi podía sentir su esqueleto en la ciudad fantasma, el pueblo no muy grande con mirada en lo alto.
El agua estaba agonizada en mis ojos. Ya nada salía ni entraba.
La vista se mantenía borrosa. Habían pasado horas y todavía podía sentir el agua correr y los párpados hinchados del atardecer. 
Me saludaste de una manera extraña. El escalofrío me invadía hasta el alma. Y te saludé.
Ya la relación no era como antes, eso hasta se podía notar entre tecleos y los segundos que sonaban más fuerte que nunca en el reloj.
Hola – me dijiste con una expresión distante -.
Me habías hablado, eso ya era suficiente para calmar un poco a mi orgulloso corazón. Fue solo una señal, esa pequeña señal que hacia el aire menos espeso.
Te respondí tal cual, preguntando algo más; y la conversación empezaba a fluir, forzada pero ya podía emanar de algún lugar. Las respuestas salían casi atragantadas, con ganas de soltar mucho más.
Los dedos parecían atrofiados, no solo de frío sino también de abatimiento. Las ganas de escribir se escabullían por el enter, mientras los pensamientos y las ganas iban hasta el fin del mundo.
Las preguntas casi eran forzadas, sin sentido. No marcaban en la realidad del pensamiento, no germinaban del sentimiento.
El corazón ya pausado en la madrugada del ayer, alcoholizado de baraterías de calle, no exigía nada, era un ente proveniente de una galaxia distinta, con trizas y parches sueltos, ensangrentado y herido. La ropa estaba sucia, mojada, empañada en lágrimas y el corazón en la mano.
Nada podía mejorar, los pasos daban marcha atrás y los ojos no querían más.
Las calles estaban en una continua lucha, las personas corrían, algunos buscaban guarida, enajenados, ajenos luchando por ser vencedores, y otros con ganas de destruir, de publicar el descontento y quemar todo. Ocurría de todo, hasta se podía destruir el mundo y nada nos podía importar, nada, mientras los dos, distanciados de toda maldad, de ganas de luchar; casi sin ganas de correr, de arrancar de ese dolor, del fuego de nuestro corazón; mirábamos inseguros, marchitos y vacíos en un llanto transparente con flechazo certero en cada latir.
Las miradas perdidas y las manos solitarias buscaban a la otra sin encontrarla, sin resultado alguno. El orgullo era casi imperceptible, y el amor se había quedado entre vidrios destruidos de las calles ya contaminadas.
La madrugada pasaba, el cansancio se hacía notar y la efecto no podía cambiar.  Las consecuencias estaban marcadas. No había solución. Dolía saberte lejos, amargo y distante. Aún duele, y sin embargo no hay remedio que pueda curar la herida, esta vez no. Y pensar tomó vuelo a otra ciudad, tomándome un té y engañando al café.


2 comentarios:

  1. Cuanto hacia que no me pasaba por aqui! Genial entrada, la uultima frase le da un final redondo. Por cierto me gusta el nuevo diseño también :)

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  2. hace mucho que no pasaba x aqi muy buen escrito me encantan tus entradas ;)

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